Tocineando a la Bipolar

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Lampedusa, el destino prometido se vuelve pesadilla octubre 5, 2013

Lampedusa (en italiano: isola di Lampedusa; en siciliano: isula di Lampidusa) es la más grande de las islas del archipiélago de las Pelagias en el mar Mediterráneo. Se encuentra a 205 km de Sicilia y a 113 km de Túnez siendo el territorio italiano ubicado más al sur. Política y administrativamente pertenece a Italia, pero geográficamente pertenece a África ya que el lecho marino entre ambos no excede los 120 metros de profundidad. Los 20 km² de Lampedusa son áridos y sin fuentes de agua que no sean las irregulares lluvias. La isla tiene una población de 5500 personas que subsisten de la pesca, la agricultura y el turismo. Durante la Segunda Guerra Mundial la isla fue rápidamente invadida por fuerzas británicas durante la Operación Corkscrew.

El municipio de Lampedusa incluye también las pequeñas islas de Linosa y Lampione; sólo la primera está habitada, mientras que la segunda sólo alberga un faro. El nombre oficial del municipio es Lampedusa e Linosa.

La isla de Lampedusa está conectada a Sicilia por un servicio de ferrys con el puerto de Porto Empedocle, cerca de Agrigento.

Lampedusa tiene también un pequeño aeropuerto que recibe vuelos nacionales principalmente durante el periodo de verano.

El 15 de abril de 1986, Libia disparó dos o tres misiles Scud contra la estación de navegación de los Guardacostas de Estados Unidos en la isla italiana en venganza por el bombardeo americano de Trípoli y Bengasi.

Recientemente, Lampedusa ha tenido un impacto en las noticias internacionales como uno de los principales puntos de entrada para los inmigrantes indocumentados que buscan ingresar al espacio Schengen de la Unión Europea desde África, el Medio Oriente y Asia. Acuerdos recientes entre las autoridades libias e italianas contemplan la deportación de muchos inmigrantes indocumentados desde Lampedusa a Libia.

El jueves por la mañana, mientras seguían flotando cadáveres en las aguas de Lampedusa y ya se sabía que los inmigrantes muertos podían contarse por centenares, la alcaldesa de la isla, Giusi Nicolini, envió un mensaje de auxilio al primer ministro, Enrico Letta: “Venga aquí a mirar el horror a la cara. Venga a contar los muertos conmigo”. Letta, sin embargo, prefirió viajar ayer al santuario de Asís para asistir en primera fila a una misa del papa Francisco. La alcaldesa Nicolini recibía, pues, la misma respuesta que cuando, el pasado mes de febrero, envió una carta a la Unión Europea preguntando: “¿Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla?“. El silencio, un silencio incómodo, a veces maquillado de promesas o acusaciones cruzadas, para no admitir que el drama continuo de la inmigración nunca estuvo entre las prioridades del Gobierno. Ni del de Italia -con y sin Silvio Berlusconi– ni del de Europa.

El día amargo de después de la tragedia estuvo cargado de testimonios. Se pueden dividir en dos grupos. En el primero caben las declaraciones que hicieron los dirigentes políticos italianos para acusarse entre sí -los xenófobos de la Liga Norte sostienen que la culpa del naufragio es de una política demasiado blanda con los africanos- o para echar la culpa a Bruselas de dejar a Italia vendida ante la avalancha de inmigrantes. El vicepresidente del Gobierno y ministro del Interior, Angelino Alfano, llegó a retar a la Unión Europea (UE) a que asuma sus responsabilidades: “En la historia no ha habido nunca un Estado, una unión de Estados, que no se haya hecho cargo de la responsabilidad de proteger sus fronteras. Un Estado que no protege sus fronteras no es un Estado: Europa debe decidir si ser o no ser“.

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Además de las declaraciones peligrosas -de la Liga Norte-o retóricas -de Alfano–, hubo quienes como el presidente de la República, Giorgio Napolitano, llamaron a “la reflexión sobre esta vergüenza” y quienes, como el presidente del Senado, Pietro Grasso, apostaron por suavizar una ley de seguridad que, al considerar delito la inmigración, actúa también contra quienes ayudan a los náufragos en apuros. A partir del testimonio de algunos supervivientes, que aseguran que tres barcos pesqueros pasaron cerca del naufragio y no atendieron sus llamadas de socorro, se especula con que el miedo a las represalias de la llamada ley Bossi-Fini pudo agravar aún más la tragedia de un barco en llamas en medio de la noche.

En resumen, declaraciones. Palabras predestinadas a caer en el olvido. Más difíciles de olvidar serán los testimonios de algunos de los 155 supervivientes, casi todos jóvenes de entre 15 y 25 años, o de los pescadores que sí acudieron a su encuentro. Amina, de 20 años, dice: “Yo por suerte sé nadar, pero mucho de mis hermanos no. Cuando los periodistas le preguntan, temiéndose lo peor, si su familia también viajaba en el barco, la muchacha responde: “No, no estaban mis hermanos. Me refiero a los eritreos. Los eritreos somos todos hermanos. Ha sido terrible, hemos partido unos 500, pero ni siquiera había entendido que nuestro destino era Italia. En mi país vivía en el miedo”. Otro náufrago, Dakarai, en apariencia más joven que Amina, explica a una periodista de La Stampa: “He tragado agua de mar mezclada con el carburante y ahora me quema la garganta, tanto que no puedo siquiera beber. La barca tenía una fuga de combustible, por eso se ha ardido: las mantas incendiadas por algunos muchachos para que nos vieran desde la isla ha alimentado el fuego por culpa de la pérdida de carburante. El incendio se ha provocado de repente, tremendo, la nave se ha inclinado y hemos caído al mar. Hemos estado así, empapados, mucho tiempo, dos o tres horas. Era terrible sentir todo ese frío, en la oscuridad, viendo flotar los muertos. Parecían como los muertos que vuelven de la guerra“.

No solo el relato de lo supervivientes sobrecoge el corazón. También el de los pescadores que se afanaron desde el primer momento a ayudar a los náufragos o de recoger algunos de los 111 cadáveres encontrados -aún hay muchos junto al pecio hundido, de momento inaccesible por la mala mar–. Raffaele y Domenico Colapinto venían con el barco lleno de peces después de faenar 24 horas. “El primero que izamos a bordo tenía sobre unos 30 años, hablaba un buen italiano, tal vez fuese somalí. Nos ha dicho que eran al menos 450, que la mayor parte estaba sobre la nave. ¿Pero qué nave?, le preguntamos nosotros, ¡aquí no hay nada, estás solo!”.

Luego, con las primeras luces del día, fueron apareciendo más, pero no sobre un barco que ya se había hundido, sino sobre las aguas. “El náufrago”, cuentan Raffaele y Domenico, “se puso con nosotros a intentar subir a sus compañeros de viaje. Estaban todos cubiertos de gasóleo, se nos escurrían de las manos. He agarrado a una mujer, pero no conseguía retenerla y ha caído otra vez al agua. Yo le decía abrázate, abrázate, pero ella me miraba y no decía ni hacía nada, estaba agotada, ni siquiera conseguía flotar. Se ha hundido así, sin un grito, con aquellos ojos que me miraban…“.

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